viernes, 3 de mayo de 2013

De la mano de Javier Guitian (1º)


Texto de  La Voz de Galicia del día 12/09/2009






Recuerdo haber escuchado que lo extraordinario de la música era su capacidad de emocionarnos sin necesidad de tener conocimientos del lenguaje musical. Uno puede escuchar un fragmento de La Bohème o una canción de Bruce Springsteen y sentirse fascinado aunque ignore las notas que componen esas melodías. Yo creo que con la naturaleza ocurre algo similar. Podemos disfrutar de un paisaje sin conocer los procesos que lo han originado u observar la belleza de una planta sin tener la menor idea de la especie de que se trata: simplemente nos conmueven.
Conozco personas a las que les gusta la naturaleza y disfrutan con ella; sin embargo, les parece exagerado que para su conservación se tomen medidas que ellos consideran drásticas. No entienden, por ejemplo, que la presencia de una determinada especie o un viejo bosque condicionen la construcción de un embalse o la instalación de un parque eólico, lo consideran un exceso de científicos y ecologistas. Yo les digo que, de la misma manera que ocurre con la música, la pérdida de las especies es igual que la ausencia de unas notas en una melodía, pero la explicación les resulta poco convincente a la vez que cursi. Para tratar de persuadirlos he utilizado como argumento su importancia en muchos sectores económicos (alimentación, medicina, etcétera), les he insistido en el valor de los servicios que prestan los ecosistemas, estimados en tres veces el PIB conjunto de todos los países del mundo, y hasta he tratado de que entiendan el incalculable beneficio de su disfrute. No hay manera.
Deberíamos analizar por qué se acusa a los defensores de la conservación de no atender a razones cuando la verdadera intransigencia se oculta en quienes la cuestionan. No importan los argumentos científicos, económicos o éticos que se puedan esgrimir, cualquier propuesta razonada de los conservacionistas es inmediatamente manipulada y atacada como no ocurre en ningún otro ámbito del debate público. Tenemos dos buenos ejemplos en lo que está ocurriendo en el río Sil o en la serra do Oribio, en donde frente a argumentos incontestables de sectores conservacionistas se han esgrimido justificaciones que suponen aportaciones novedosas a las ciencias ambientales. Así hemos aprendido que secar los ríos no tiene ninguna consecuencia para los peces, o que el impacto ambiental de los molinillos en uno de nuestros bosques más emblemáticos desaparece pintándolos con motivos xacobeos . A ver quién se lo explica a mis alumnos.
Hace unas semanas escuché en un bar una información sobre la práctica extinción de la anchoa causada por la sobrepesca en aguas del Cantábrico. Un pulcro caballero que estaba a mi lado exclamó: «Me da igual, a mí no me gustan». Por suerte, la naturaleza es generosa y unos y otros podemos disfrutar de su lenguaje, incluso aquellos a los que solo les preocupa que las especies desaparezcan de su menú. La cuestión es ¿hasta cuándo?

por javier guitian

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