domingo, 6 de febrero de 2011

6º viaje al caurel

"empiezo la publicacion de mis diarios de viaje , empezando por el ultimo , hoy, y acabaré con el primero , no se cuando. Para mi es un pequeño tesoro , que quiero compartir con vosotros. 

agradecimientos a mis compañeros de viaje 
Fernando, Ignacio, Roble, Carlos, ....etc etc"


26-8-2008

Me desperté con ganas de desayunar. Comí un montón de galletas, sabiendo que los dos días siguientes no podría desayunar tan a gusto, y con el estomago bien lleno me metí en la ducha. Acabe de prepararme y llame a Fernando, que ya se encontraba en el portal.

Fuimos a la estación del Bus en Lugo. Sacando los billetes llegó Roble. Y montamos en el bus, casi vacío, en dirección Sarria.

En el trayecto Fernando y Roble se fueron conociendo. Parece que he juntado a dos amigos míos, con gran acierto



Paramos en Bóveda. Nos bajamos rápidamente del bus, pues queremos llegar al principio de la ruta lo antes posible. Así que hacemos unas compras fugaces y con toda la prisa del mundo, corremos hacia el lugar donde haremos autostop. Y llegamos justo a tiempo para interceptar con nuestro dedo a dos furgonetas que viajan completamente vacías y…. Y una hora más tarde decidimos llamar a un taxi para que nos llevara  Salcedo.

No consigo comprender como no nos llevo nadie en autostop. Pues llevábamos hasta un atractivo cartel que ponía “Caurel”. Cartel que Roble meneaba con aire de cachondeo ante la espantada mirada de los conductores. Roble, con toda su buena intención, supongo, lo hacia para que los conductores vieran nuestro aire dicharachero y así se animaran a llevarnos en coche. Y lo que los conductores veían eran tres energúmenos en la carretera, con tres mochilas que no cabrían en un trailer. Uno un mangallón, otro con pelo largo y un machete y el tercero en medio de la carretera bailando al ritmo de locomia.

El taxi nos llevó a salcedo y allí descendimos por la pista forestal que lleva al refugio de pescadores del monte de Paramedela, al lado del río Lor. Volví a pasar por las mismas curvas de esta pista, por las que ya pase en el anterior viaje y me abstraje en esa sensación, dejando a mis compañeros  conocerse. De vez en cuando escuchaba algún retazo de conversación y cada uno iba hablando de sus aficiones, deportes, etc.

No pase esta vez por el refugio de pesca en el que dormí el anterior viaje al Caurel sino que pasamos de largo, para comer en una curva sombreada de la pista. Allí unos maderistas habían amontonado troncos de pino. Seguramente eran los mismos maderistas que habían pasado a nuestro lado, en todo terreno,  levantando una polvareda odiosa que hizo que tuviera que escupir para no sentir arenilla entre los dientes.

Si yo tenia mucha hambre, por que ya eran las dos y media, no me puedo imaginar el hambre que pasaba el pobre Fernando que ya insistía en comer cuando hacíamos autostop. La verdad es que hubiese dado igual que se pusiese a comer, pues en el conjunto desastroso que representábamos, la figura de Fernando comiendo un bocadillo no habría supuesto una peor presencia.
El caso es que yo me zampe un bocadillo mezcla de atún y caballa que me supo a gloria. Roble y Fernando comieron bocadillo de jamón. De postre unas nueces y una barrita energética de plátano.
Cuando acabamos, nos cambiamos para continuar el viaje. La verdad es que en mayas somos un espectáculo. Pues si yo, con mis noventa  y cinco quilos, no gano mucho en mayas, imaginaros a Fernando con su uno sesenta de altura, pelo largo y una gorra negra que tiene en letras grandes: _ “Fer”  o la imaginen de marmota sonriente de Roble con gafas de sol y gorra.

Con estos atuendos comenzamos a bordear las laderas oeste de nuestro querido río Lor, alma del Caurel.  Atravesamos los pinares de estas laderas en las horas centrales del día. El calor nos quemaba brazos y piernas  y luego eran fustigados por las Uces que flanquean constantemente estos caminos. La sensación térmica era devastadora y las pocas veces que el camino pasaba debajo de un castaño, nos refugiábamos bajo su sombra pues en cuestión de dos pasos, la temperatura disminuía radicalmente. Era como un oasis de frescor y humead en medio de un desierto. Tan agradable era la sombra, que alargábamos el descanso todo lo posible. Cogíamos fuerzas y continuábamos por ese infierno de brezos.

Llegamos a Castroportela:
O mejor dicho Llegamos a la orilla del Lor, que queda enfrente de Castroportela, donde hay algún Sequeiro derruido. Descansamos allí un buen rato creyendo que en diez minutos estaríamos en froxán y tardamos en llegar mas o menos una hora.
Este tramo del que os hablo es donde, por fin, tienes un contacto cercano al río Lor disfrutando su compañía durante todo el trayecto. El camino por el que circulas serpea la par del río como si fueran hermanos. De esta forma, con el calor minorizado por el agua, caminas medio hipnotizado por reflejos destellantes en el agua, azul oscura, del lor. Es un tramo muy agradable, salpicado a pinceladas por alcornoques sin corteza de color fuertemente rojizo. Es como pasear por un cuadro colorido. Y esta zona es quizás la más representativa de la esencia del Caurel. Pues en un sitio de múltiples contrastes, contrastes geológicos, sociales, lingüísticos, etc., Esta es la zona donde limitan lo atlántico, lo continental y lo mediterráneo.

Entramos en Froxán
Y discutiendo dejamos Froxán con su plaza, cuadrada a la entrada del pueblo y su fuente del milagro. Y con muchísima pena paso otra vez por las ruinas de “la taberna del Quini “asociación cultural donde las haya, punto de encuentro de bohemios y errantes, amantes de la naturaleza y gente con ganas de reposo y meditación. Símbolo de un tiempo, y vórtice de sociedades.

Pasamos al lado de La taberna del Quini. Y no me apetece compartir la sensación de nostalgia con mis compañeros, pues cualquier explicación que diera sobre ella, seria injusta: ¡Yo que se, que era!

Un kilómetro después de Froxán cruzamos un puente en altura, para pasar al otro lado del Lor. Allí nos vemos subiendo el cañón hacia el Castro de Vilar. El camino trepa hacia el castro dando un montón de eses. Después de una última ese, muy empinada, llegamos a coronar la loma. Y torcemos a la izquierda para ir al gigantesco promontorio sobre el río, donde se asienta el castro y que apunta directamente hacia la iglesia de Vilamor.  Esta iglesia está en otro promontorio de la orilla opuesta, dejando un espacio entre ellos de kilómetros en el vacío, a gran altura sobre el río….Vuelan dos águilas.

Curiosamente a la entrada del castro hay una capilla. La capilla de san Roque. Una capilla muy pequeña. Con un confesionario compuesto únicamente por un banco para sentarse el cura, y una celosía vertical que difícilmente esconde al confesado. Tiene también una serie de bancos con un montón de excrementos de murciélago. Las paredes están decoradas con Frescos, muchos de ellos parecen obras de gente que pasaba por allí y otros son esos dibujos con los que se pintaban las iglesias prerrománicas, dibujando escenas de la Biblia directamente en la pared. También tiene un altar pequeño con la figura de San roque. Y almacenado hasta el día del patrón, descansa el porta santos, para pasear la figura de san roque el día designado. No creo en curas, pero aquí sientes una agradable sensación de humildad

Continuamos hacia Vilar. Ya en Vilar, a la entrada del pueblo, nos sentamos en un banco para decidir que hacer, pues. Es tarde, queda una hora para anochecer. No sabemos bien a que hora vamos a llegar a A Campa. Y existe la posibilidad de quedarnos a dormir en ese excelente, mismo sitio, haciendo primero una llamada a Rubén de forma que este venga a Vilar en vez de a campa. Pero como a duros no nos gana nadie los tres decidimos tirar para delante. Y cometemos la terrible imprudencia de adentrarnos por el sendero sin pararnos a preguntar a alguien del pueblo las preguntas típicas: que tal esta el camino, Cuanto tardaremos en llegar… ¡Craso error!

El camino comenzó bien, hasta que pasamos por esa zona de camino asfaltada que en algún momento debió de ser carretera: Poco después de esa carretera, reconquistada por la vegetación, llegó un cruce, que por un lado comunicaba con una carretera y por otro se internaba hacia el monte. Y yo recordaba que era por el monte por donde había que ir y por donde había ido la última vez.
 Según nos metimos hacia el monte, perdimos el camino y después de rebuscar media hora descubrí un camino cerrado de matorral. Recordé que hacia dos años el mismo camino que me había llevado a Campa estaba muy cerrado y en ese momento Salí de dudas y sin consultarlo con mis compañeros me adelante; con una distancia suficiente como para que no hubiese opción de replica. Pero cada vez el camino se hacia mas difícilmente transitable, tal era así que ya no eran los brezos los que molestaban, sino unos toxos endiablados que me estaban disfrazando las piernas de código de barras, pero eso no era lo peor. Lo peor de todo era cuando cruzabas por una zona de silvas, pues entonces no bastaba con pasar presuroso entre ellas, para minorizar el daño, sino que las tenias que apartar una a una. En algún momento perdías la paciencia e intentabas correr apartándolas a patadas y entonces ellas se enrollaban en el sobaco de la rodilla y se clavaban fuertemente.

Era tal el estropicio de avanzar por esa fronde, que cada vez que encontrabas una zona de, otrora malditos brezos, ahora parecían sus latigazos una bendición.

En un momento pare a descansar, ya era de noche y viendo la tontería que había cometido al insistir en no salir de la carretera, decidí esperar a mis amigos, me apoye sobre las piernas para descansar un poco y me empape las manos de sangre.
De allí a un rato, mis amigos, que son unas excelentes personas, se reunieron conmigo. Ellos, durante todo este trayecto fueron hablando de mi…y de toda mi familia. Y bueno… Perdón.

Llegamos a “A Campa”:

Entramos en a campa con renovadas alegrías, como tres hermanos después de solucionar un enfado, hablando a voces y con el tono alegre de Roble. Roble cuando habla parece siempre estar de buen humor, incluso cuando se queja de algo lo hace con un timbre en el que entiendes que ya se le esta pasando el enfado. Esta característica es muy buena, para contrarrestar el timbre de Fernando, donde adivinas  constantemente, que como te vuelvas a adelantar y nos perdamos te corto los huevos.

Cruzamos todo el pueblo para encontrarnos con Rubén. Camino del lavadero del pueblo nos unimos a el. Rubén es un chico de Coruña, un poco introvertido que lleva un gorro de montaña tan pequeño que, completamente calado, le llega poco mas que a las orejas. Parece una cáscara de bellota. Es un amigo de Roble que se une a nosotros al final de este primer día. Y ya todos juntos nos vamos a montar el campamento.

Desandamos el camino, por el que cruzamos el pueblo, para asentarnos en un lugar que nos parecía bueno, entre unos castaños. Allí saco la pala desmontable y empiezo a corregir ligeramente la pendiente del terreno, para dormir lo mas estable posible. Mientras Fernando empieza a Montar su Fabulosa tienda de siete euros comprada en un hipermercado. Les aviso del problema de dormir en pendiente. Y roble me pide la pala. Para solucionarlo. Rubén sin embargo soluciona el problema durmiendo pendiente arriba de un castaño, apoyándose lateralmente en el, de forma que le será imposible escurrirse.

Hago una pequeña hoguera, roble saca los bártulos de cocina, y nos sentamos todos alrededor de la hoguera para cenar. Fernando está a mi izquierda, Rubén a mi derecha y Roble enfrente. Hablamos, cenamos, reímos, parece que la cosa funciona. Yo y Fernando nos sorprendemos de que Roble y Rubén no lleven ropa de agua, ni ninguna tienda o toldo por si llueve. La verdad es que nos fastidia un poco por que ellos cargan con mochilas muy ligeras y nosotros llevamos un montón de kilos. Especialmente Fernando que carga con 20 Kg. a las espaldas. Además sigo pensando que Fer lleva mal colocadas las correas de los hombros. Se lo digo e insiste en que no quiere probar pero reconoce que puede ser. No lo entiendo se esta destrozando los hombros. Nos echamos a dormir.

 Yo ahora desde el saco, cojo la libreta para escribir este diario y mientras escribo, un insecto palo esta cruzando la libreta.

Los insectos del Caurel son grandes lectores. Ahora mismo (de noche), ya han pasado unos cuantos a leer estas líneas. El último de ellos, que ahora abandona la libreta, es un elegante y diminuto escarabajo, de abdomen marrón, ancho y redondeado, y tórax negro, de andar lento y tambaleante. Como un bibliotecario bajito de culo gordo.

 Solo una pega para dormir. El sitio que elegimos, está al lado de una farola…  Nadie es perfecto. Hasta mañana

27-8-2008

Me despierto con la cabeza dentro del saco, se filtra la luz. Oigo la voz alegre de Roble, hablando con Rubén. Y también ruidos tímidos de cacharrada de desayunar. Parece que no quieran despertarnos. Emerjo del saco como una oruga. La luz me ciega los ojos, olor a humedad, mosaico de hojas de castaño en el cielo. Y me caen dos: ¡buenos días! _Buenos días chicos, contesto. Estamos en el segundo día
Es muy agradable desayunar en cama. Lo que no suponía era que eso se podía dar, haciendo montañismo. Y así fue, pues Roble tenia preparado el desayuno y lo tome directamente desde el saco.

Fernando se hizo el remolón dentro de la tienda. Así que, cariñosamente, le grite: ¡despierta cabrón! 

De esta forma vimos, primero algún espasmo de la tienda y luego se abrió la puerta, dejando salir la madeja de pelo negro de fer, con su cara en medio, hinchada por el sueño.

Acabamos de desayunar, recogimos las cosas y finalmente esparcimos por el campamento las hojas que un día antes habíamos separado para dormir. De esta forma el aspecto del souto no variaba de como lo habíamos encontrado, es decir: una acampada perfecta.


Salimos de “a Campa” y cogimos para Folgoso pasando por a Pendella e o Touzón
Parando por el camino, para interceptar un panadero en furgoneta  que nos vendió algo de pan. 

Aprovechamos para ajustar la mochila. Fernando insiste en no colocar los amarres, pese a que tiene un hombro seriamente magullado. Tal es así, que Roble le ofrece unos calcetines para mullir la zona del hombro y este los acepta. Se queja mucho del peso que acarrea. Menos mal que se ha liberado de algo de carga dejándola en el coche de Rubén. Yo compruebo el mapa. No quiero equivocarme en el desvío que debo tomar, puesto que mi liderazgo flaquea, después de la que monté el día anterior.

Seguimos andando hasta coger el desvió adecuado, por el que nos acercamos aun mas al río. Recorremos su vera pasando por un primer puente sobre el Lor y ya casi debajo de Folgoso, pasamos por un segundo puente, sobre el afluente del lor que limita en su zona sur la montaña bajera donde se asienta folgoso. 

Allí, soy consciente de que empieza la subida, que nos llevara lo que queda de día.

Subimos en primer lugar hacia folgoso, (trecho de múltiples eses y pendiente acuciada), por una pista de cemento, que nos lleva casi una hora. Esta pendiente acaba cuando el camino entronca con la nacional Seoane-Folgoso y como puesto para nosotros, en la carretera y a la entrada del pueblo hay un doble banco de madera, muy bien tallado, con unas figuras....... y una poesía tallada en el banco.

En Folgoso paramos para conseguir cemento cola, que necesitaremos para asentar la cruz. (Esta historia no la puedo contar) 

Y lo pedimos en un súper del pueblo. Nos dieron un puñado y no nos quisieron cobrar. Tomamos un café y continuamos subiendo. Justo al comienzo, después de esta pausa, (sobre las doce y media) una señora nos preguntaba que a donde íbamos. Le contestamos que a pía paxáro. Y ella con cara de susto nos dijo: ¡Ao monte vaise pola mañá!   

Mas tarde subiendo por esa pista, nos dimos cuenta, que se refería al calor que hace en esas horas centrales del día. ¡De nuevo el calor!

Este calor, otra vez, nos impedía detenernos, pues estábamos buscando una sombra para comer y el camino era bastante árido y sin árboles. Así que tardamos un buen rato en encontrar donde parar. Al final encontramos un bidueiro, en el desvío que coge para Fereirós. Y allí nos pusimos a comer. 

A estas alturas ya tenía los pies completamente destrozados (malditas botas). Fernando, que insiste en no colocar los amarres, empieza ha hacerse una fuerte herida en el hombro. Y los que van de maravilla son Roble y Rubén, pues no llevan apenas diez Kg. De peso, se les ve, tan frescos, ......¡que molesta!

Recogemos y continuamos. Empezamos a discutir acerca del tema del agua, pues estoy completamente deshidratado. Y esa discusión empieza a coger tanta importancia, que pasando al lado de un regato, nos paramos a coger agua. El agua estaba remansada en una curva, pero parecía limpia. 

Así que Roble desciende un pequeño terraplén hasta llegar a la poza y los demás les pasamos las cantimploras para que las llene. Cloramos el agua con un poco de lejía, que siempre llevo. Y seguimos andando, un tramo de media hora, que es el tiempo que necesita la lejía para hacer efecto.

El tema de la lejía es complicado:
 En teoría hay que echar una gota por litro de agua.  Pero Fernando, el de Coruña, siempre insiste en echarle dos o tres, aduciendo que la dosis depende de la cantidad de bacterias que pueda tener el agua. 
Tantas veces he escuchado esto, en mis múltiples viajes con Fernando, que sus miedos van haciendo mella en mi subconsciente. Y pese a que el agua estaba cristalina, ¡inútil de mi!,  reboso mi cantimplora con tres soberanas gotas de lejía.  

Media hora mas tarde, como iba diciendo, probamos el agua......... Eso era como chupar un hierro, beber un trago de una piscina, o comer al lado de un cubo de la fregona. De cada trago que dabas el aroma de la lejía se extendía por toda tu nariz y garganta, colándose hasta el estomago con una inquietante sensación de radioactividad……. Según Fernando el agua solo sabía un poco a lejía y para tranquilizar mi emergente cabreo, me recordaba si alguna vez no había bebido agua en una piscina, y que ya estaba....
Y ya estuvo. 


Mire hacia el camino, empezaban una serie de cuestas muy, muy fuertes. Seguimos andando.
La dinámica de subida es la siguiente: primero caminamos en una formación a cuatro, donde vamos discutiendo de política; luego, cansados de hablar, Fernando y yo tomamos la delantera y se forman dos grupos; luego nos cansamos todos, Rubén adelanta a roble y Fernando me adelanta a mí. Finalmente llega un cruce y Fernando nos espera a todos y volvemos a empezar.

Y así, con innumerables pausas, llegamos a “pía paxaro” donde comprobamos que la cruz, que  "Alguien" coloco el año anterior, no solo estaba en perfecto estado sino que  la habían adornado con un precioso cartel de madera que ponía “pía paxáro 1610 m. 

Bien, descendimos para llegar, una hora después, hacia A campa da lucenza.

Llegando allí, vimos desde lejos, donde el  deposito de agua del servicio de incendios. (Donde tantas veces dormí), un coche todoterreno aparcado: Era enorme  y se adivinaba, detrás de este,  una pareja comiendo en una  mesa. Y muertos de sed nos dirigimos hacia ellos. Y  con actitud amable digo: ¡Hola!

Eran un matrimonio de Orense  y su perro caniche que se dedicaban a hacer viajes en todoterreno. 

El coche era impresionante, tenia tres GPSs de una precisión increíble y modificaciones en todos los departamentos del coche: motor, asientos traseros (carecía de ellos), techo, tres paneles de radiadores, una tienda inesca desplegable sobre el techo del coche, tomas de aire a presión para hinchar las ruedas con rapidez. Congelador, microondas, seis baterías de gel, células fotovoltaicas, dos pares de amortiguadores por rueda y una manta eléctrica en la tienda, capaz de freír un pollo.








Pero lo realmente impresionante eran ellos.

Esta pareja, de trato amable y humilde, son los dueños de la tienda de animales más grande de Orense y en sus vacaciones se dedican a recorrer el mundo y en especial el norte de África, lugar que conocen muy bien. 

Nosotros cenamos nuestras sopas de sobre y ella nos invito a comer un poco de sopa de pescado recién hecha. La verdad es que no había comparación. De la misma forma nosotros cocinábamos a la luz tenue de nuestras linternas. El, apiadándose, sacó del coche una luz portátil; que no solo ilumino el lugar donde hacíamos la comida, sino que iluminó el resto del campamento,  los pájaros se pusieron a cantar y los brezos se pusieron a hacer la fotosíntesis. Esto sin exagerar.

Hicimos una velada con ellos después de cenar. Y nos contaron sus aventuras por África, la verdad es que daban envidia, no tanto por ir hasta allí, sino por estar tan compenetrados. Tanta envidia daban que alguno pregunto si ella tenia una hermana.

Aunque el pobre Rubén sufrió un fuerte dolor de cabeza resulto una noche preciosa .Hablamos de acuarios, estrellas, África, amigos, etc. Y finalmente nos echamos a dormir.

Esta vez convencí a Fernando de que no se fuera a dormir muy lejos, costumbre muy arraigada en el amable coruñés. Y coloco su tienda en el mismo campamento, al lado de donde yo dormía al aire. 

Empecé a escribir el diario y Roble empezó a leer, justo enfrente. Pasaron los minutos y me apeteció una infusión así que mire a Roble. Señale el hornillo y el resto estaba todo claro. Allí dentro de los sacos, con el mayor de los silencios, nos hicimos unas infusiones, para luego seguir con este diario. 

Durante la operación debimos despertar varias veces a Fernando, pues en ocasiones nos pedía silencio, en otras nos pedía que no le iluminásemos con las luces y en otras solo mascullaba en arameo. ¿O quizás?, en Coruña se ronca así. 

Yo finalmente me despido de Roble, y para no molestar a Fer con las luces decido apagarlas desde dentro del saco y así me evito deslumbrar la tela de su tienda al darme la vuelta. Me hundo en el saco y dejo un hueco para nariz y ojos. 

la piel de la nariz se contrae por el frío. Los ojos se preparan para ver el desfile nocturno de estrellas, girando como un balón, escorado con respecto a la estrella polar. Veo sagitario, veo  escorpión, y veo una masa nubosa y alargada que cruza todo el cielo, parecen nubes…. y es polvo de estrellas: La vía  Láctea.  


28-8-2008

Amanece, siento un mal estar general. Tengo el cuerpo destemplado y sensación de no haber dormido. El culpable: el viento. Menuda noche

Al principio parecía que me iba a quedar dormido, pero fue imposible. Otra vez, como en el viaje anterior el frío no me dejo dormir. Definitivamente el saco de dormir esta pidiendo un relevo. 

Roble con su flamante saco nuevo, solo pasó frío en la cabeza, pues tiene la sana costumbre de dormir cerrando el saco en la garganta, dejando su redonda cabeza a los influjos de los rayos lunares. Rubén paso, al igual que yo, frío en las piernas. Y es que es dificilísimo calentarlas. Tal es así, que yo, desesperado por el frío y con la experiencia de aquella otra vez, me puse toda la ropa que tenia. Pero nada fue suficiente.
 
El único que durmió sin frío fue Fernando dentro de su tienda. Aún así no consiguió conciliar bien el sueño. Debido a que cuando apague mi linterna dentro del saco, se quedo encendida en modo intermitente y a través del saco le mandaba ráfagas de luz a la lona de su tienda. Lo bueno de enfadar a Fernando, es que como siempre esta un poco de mala leche, cuando tiene un motivo de verdad en el fondo esta agradecido, (seguro que ahora que lee estas líneas se da cuenta de lo beneficioso que resulta una persona como yo al lado del).  

 Y así, dándome cuenta de la buena labor que había hecho, comenzamos a recoger el campamento.


Fernando por fin accedió a cambiar los amarres de la mochila. Se los cambie yo, con mucho cariño y cuidado, por que realmente tenía un hombro destrozado. Cuando acabe me senté a mirar la expresión de su cara. La cara, que puso era una expresión  entre “el que liquida un crédito bancario” y “el que acaba de aprobar para un puesto en la xunta”

Para ser exactos el dijo: -¡parece que llevo diez quilos menos! En fin nos pusimos a andar.
Me fue especialmente difícil ponerme las botas, pues tenía unas ampollas más grandes que una moneda de dos euros. Cuando  lo conseguí nos despedimos de esta amable pareja y nos echamos a andar.

Poco que decir de lo que resta. Descendimos la Devesa da rogueira y comimos en el aula de la natureza. Allí me empezó un dolor de muelas, que me acompaño durante el resto del trayecto hasta seoane. Trayecto muy, muy incomodo porque todo el es por carretera. De esta forma llegamos a la herrería de Seoane, para comenzar a subir la cuesta empinadísima y tortuosa  que pasa a través de esta, desfallecidos llegamos a encontrarnos con Dani, Ivana e Ire que nos fueron a buscar.

La experiencia de llevar cuatro personas, la verdad es que fue muy positiva, y además ya tenemos un adepto más: Rubén. Pues días después le pregunte si repetiría y no lo dudo un momento: - si.
Con lo cual, contando con Ignacio que esta vez falto. Ya somos cinco. Y podemos pensar en llevar equipos más pesados o subir alturas mayores. Probablemente el siguiente viaje sea algo más arriesgado, nos vemos.

Fer


2 comentarios:

  1. Fer, así ata apetece ir ao Caurel. Por certo, non sabia nada da afección lectora dos insectos do Caurel, sorprendente!. Deixarei sempre un llibro aberto, con debuxos moi grandes, a ver se prende ese gusto nuns bichiños pequechos que teño na casa.

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  2. Buenisimo compañero... que gusto dar recordar esas aventuras:

    Roble

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